La fe verdadera implica varias cosas   

La primera, nos la expone San Pablo en Romanos 10:9: Si confesares con tu boca al Señor Jesús y creyeres en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. "Con el corazón y con la boca" implica las dos cosas: Decirlo y vivirlo. Decir que Jesús es el Señor, y vivirlo, que sea realmente mi Señor, que toda mi vida sea como la de la Virgen: Todo para el Niño, con el Niño, por el Niño, en el Niño.

Todo para Jesús que es mi Señor, por Jesús, en Jesús, con Jesús. La Virgen tenía a Jesus a su lado y le era fácil... pues tú y yo también tenemos a Jesús constantemente a nuestro lado, porque todo lo que le hagamos al vecino se lo estamos haciendo a Jesús en persona, como nos cuenta la descripción del Juicio Final en Mateo 25.

Cuando el ama de casa hace la comida, se la está haciendo a Jesús; el abogado está atendiendo a Cristo, cuando atiende a un cliente; el anciano se encuentra con Jesús, cuando se encuentra con un niño, o un alcoólico, con un rico o con un pobre.

    La segunda, nos la explica en más detalle Jesús cuando le contestó a aquel joven lo que le faltaba para tener la vida eterna, la felicidad perpetua, en Marcos 10:21: Vete, vende todo cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme. ¡Cinco verbos de acción: Vete, vende, dalo, ven, sígueme... quédate con nada, dale todo a Jesús a través de tu hermano, tu tiempo, tu dinero, tu comprensión... y sigue a Jesús, sin ningún seguro, fiado sólo en su promesa y su poder, como un "hippy", a la buena ventura, tener el valor de ser cristiano, de vivir la maravillosa aventura de confiarse cada día en Jesús, de la que luego hablaremos.

Así lo entendieron Pedro y Andrés cuando el Señor los invitó y ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron (Mateo 4:20). Dejaron su negocito, su pueblo, su familia, "todo", y al instante lo siguieron. Por eso cuando Jesús le estaba hablando al joven de Marcos 10, Pedro comenzó a decirle a Jesús: Pues nosotros hemos dejado todas la cosas y te hemos seguido. Respondió Jesús: En verdad os digo que no hay nadie que, habiendo dejado casa, o hermanos, o padre, o madre, o hijos, o campos, por amor de mí y del Evangelio, no reciba el ciento por uno de este tiempo en casas, hermanos, hermanas, madre e hijos y campos, con persecuciones, y la vida eterna en el sigo venidero (Marcos 10:30). Es la promesa de Jesús: El ciento por uno en esta vida, ¡con persecuciones y todo!, y después la vida eterna... el "ciento por uno" que, en términos bancarios es el 10,000%, calcúlelo!

Así lo entendieron Santiago y Juan, y ellos, dejando luego la barca y a su padre, le siguieron (Mateo 4:22). Así lo entendieron San Francisco y San Ignacio de Loyola y Santo Domingo, y más de 500,000 sacerdotes que viven hoy día, que renunciaron a su esposa que pudieran tener, y los hijos que hubieran podido engendrar, y siguieron a Jesús. Y así lo entendieron Santa Teresa y Santa Margarita y más de un millón de mujeres monjas que viven hoy día, que renunciaron a tener esposo, hijos y dinero, "a todo", y están siguiendo a Jesús. Ellos y ellas froman, sin duda alguna, la corona más linda de la Iglesia de Cristo.

    La tercera: Esto no es todo, hay todavía mucho más. Creer en Jesús y confiarse en él lo mismo que un niño de tres años cree y confía en sus padres. Si no os convertís y volvéis como niños, no podréis entrar en el reino de los cielos (Mateo 18:3).

El niño se confía enteramente en sus padres, no se le ocurre ni pensar en qué va a comer mañana, o con qué va a vestir, o de dónde va a sacar el dinero para sus juguetes... Lo mismo nos quiere Jesús, como niños, que confiemos en su Providencia, en sus planes maravillosos para con nosotros. En el centro del Sermón de la Montaña nos puso el ejemplo de las aves del cielo que no siembran, ni siegan, y el ejemplo de los lirios del campo, que no hilan ni se fatigan, y nos termina enseñando: No os inquietéis por el mañana, porque el día de mañana y tendrá sus propias inquietudes, bástale a cada día su afán. (Mateo 6:25-34).

Tenemos que aprender de los niños y de los lirios de campo y de las aves. Tenemos que confiarnos enteramente en lo que planee el Señor. Pero nosotros no acabamos de aprender; decimos que planeamos, que hay que ser precavidos, que hay que programar... decimos palabras muy bonitas, pero que no hace más que esconder nuestra falta de fe en Jesús.

Nos fiamos de nuestros planes y talentos, no de los planes de Jesús. Hasta cuando rezamos el Padrenuestro nos engañamos en el corazón. Decimos con la boca "El pan nuestro de cada día dánosle hoy", pero con el corazón sabemos que por el pan de hoy Jesús no se tiene que preocupar, porque lo tenemos asegurado con los cinco dólares que tenemos en el bolsillo. Y por el pan de mañana, tempoco se tiene que preocupar Jesús, porque lo tenemos asegurado con el dinero guardado en la casa, y por el pan de la ancianidad tampoco se tiene que preocupar Jesús, porque ya lo tenemos asegurado con el dinero del banco, o con nuestro seguro social, o cualquier clase de seguros, menos Jesús.

En esto fallamos todos: el sacerdote que necesita dinero para la escuela, no lo espera de la previsión del Señor, y por eso se pone a organizar bingos y bailes, y a tener mil dolores de cabeza, porque es él quien planea, no se fía en el Señor.

Lo mismo sucede con el ministro que tiene un programa religioso en la radio o televisión... no espera en el Señor, sino en sus habilidades para sacar dinero, y termina convirtiéndolo en un negocio personal, no en una obra de fe en el Señor.

Todo esto se llama orgullo, falta de fe, hacer las cosas con fe en mí mismo, pero sin fe en Jesús. San Pablo nos dice que esto es pecado: Todo lo que no viene de la fe es pecado (Romanos 14:23).

Por esta falta de fe es que no vemos en las noticias tempestades que se calman, ni muertos que resucitan. Pero no sólo mostramos la falta de fe con nuestro orgullo, confiando en nuestras previsiones, en vez de confiar en el Señor, sino también en nuestra soberbia, que es hacer lo que yo creo que debo hacer, en vez de hacer lo que Dios me manda, en vez de hacer la voluntad de Dios.

Lo mismo que Adán y Eva, que sabían que no tenían que comer aquella manzana, porque Dios se lo había prohibido. Nosotros nos comemos nuestra manzana, la que sabemos que Dios nos tiene prohibida.

    La cuarta: Otro aspecto importante de la fe en Jesús, es que tenemos que creer lo que dice, tal como lo dice y promete, y esperar recibir lo que promete. Esta es la definición que nos da San Pablo de la fe: Fe es tener la completa seguridad de recibir lo que esperamos y estar convencidos de que algo que no vemos es la realidad (Hebreos 11:1).

Tenemos que actuar con Dios como actuamos con nuestros padres. Si yo le prometo a mi hijo una bicicleta si aprueba los exámenes, cuando mi hijo apruebe los exámenes me va a venir a pedir la bicicleta, porque se la prometí. No va a venir pidiéndome una guitarra o un piano, ni va a venir diciéndome: "Padre, si es tu vouluntad, dame una bicicleta", sino que va a venir diciéndome: "Papá, aprobé los exámenes, ¿dónde está mi bicicleta?" Porque ya sabe que es mi voluntad, que yo se lo prometí.

Lo mismo pasa con Dios. Si ofrece algo, ésa es su voluntad si cumplimos las condiciones. Él promete darnos todo si lo pedimos con fe, pues lo que tenemos que hacer es pedirlo con fe, y esperar con seguridad que nos lo va a dar a su debido tiempo. Si no nos lo da, quizás sea porque no cumplimos la condición. La condición de mi hijo para tener la bicicleta es que tenía que aprobar los exámenes; la condición que nos pone Dios para darnos todo lo que le pidamos es que tengamos fe en Jesús.

En verdad, en verdad os digo que el cree en mí, ese hará también las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas... todo lo que pidiereis en mi nombre, esó haré (Juan 14:12-13). Todo cuanto pidáis con fe en la oración, se os dará (Mateo 21:22). Todo cuanto orando pidiereis, creed que lo recibiréis y se os dará.

    Un pensamiento final: Quizá alguno piense que la vida de fe es holgazanería, porque todo es confiarse en el Señor, y ésta sería una gran equivocación. La vida de fe es vivir y actuar la maravillosa aventura de hacer lo que Dios nos tiene planeado, ese programa maravilloso que el Señor tiene ideado para ti.

Es usar cada minuto del día la inteligencia y la voluntad, y los brazos y el corazón para cumplir la voluntad de Dios, sin miedos a nada ni a nadie, sin dolores de cabeza, cantando todo el día las glorias de Dios, con la palabra, con la acción y con la vida. Es sentirse victoriosos en Cristo en todo, en los éxitos y en los aparentes fracasos, en los gozos y en las tribulaciones de la vida... es sentirse a cada paso "Hijo de Dios". No hijo de un rey, o del presidente de la nación, sino "¡Hijo de Dios!", con la cabeza bien alta siempre, sin envidia de nadie, porque nadie pude ser más que "Hijo de Dios".

Vivir la vida de fe es algo bien activo, es mudarse de fe en fe y transformarse cada día de gloria en gloria bajo la acción del Espíritu Santo... Es morirse cada día un poco más a sí mismo, y convertirse cada día un poco más en Cristo, hasta poder gritar con San Pablo: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gálatas 2:20)... y tener el amor de Jesús, y el gozo de Jesús, y la Verdad y la Vida de Jesús, y el poder de Jesús hecho realidad en esta vida, pudiendo clamar con San Pablo: Todo lo puedo en Jesús que me conforta (Filipenses 4:13).

Vivir la vida de fe es renunciar a todo, para hacer y entregarse confiadamente en las maravillas que el Señor nos tenga encomendadas y bien planeadas. Cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo. "Renunciar a todo", dice taxativamente el Señor en Lucas 14:33, a dinero, a poder, a honra, a bienes materiales, a todo. Y entonces, cuando nos quedamos sin nada nuestro, entonces, y sólo entonces, es cuando tendremos a Jesús en nosotros, y con él lo tendremos todo sin pretenderlo y sin cansarnos.

El que halla su vida la perderá, y el que la perdiere por amor a mí, la hallará, nos dice el Señor en Mateo 10:39, y lo repite en 16:25. Y en Lucas 9:24: Porque quien quisiere salvar su vida, la perderá, pero quien perdiere su vida por amor a mí, la salvará. Y lo mismo repite en Lucas 17:33 y en Marcos 8:35.

Eso es vivir la vida de fe, y eso es ser cristiano: Dejar de vivir nuestra miseria, nuestra debilidad, para vivir en la humildad y en la verdad, vivir en Dios y para Dios, que nuestro cuerpo sea ofrecimento de Hostia santa y pura y limpia, con los resplandores del señor, felices en Belén y en el Calvario, gozosos en el desierto y en el Tabor, viviendo en esta vida una anticipación de la gloria del cielo, porque el reino de Dios está dentro de vosotros mismos (Lucas 17:21).